Un paseo que causaba curiosidad, terminó fortaleciendo la vena filántropa q llevo por dentro.
No recuerdo con exactitud si era jueves o viernes. Alejandra, la otra venezolana, pasó por mi apartamento a eso de las 6:30am con Peter, el chofer de la matatu. Durante el camino, ella me daba detalles del lugar a donde íbamos y de los niños que allí encontraríamos.
En el orfanato viven aproximadamente 25 pequeños en edades comprendidas entre los 3 y 12 años. Los más pequeños sólo hablaban kiswahili, los grandecitos tenían el inglés como segunda lengua.
No tenían la posibilidad de ir a una escuela, pero su cuidadora les enseñaba en la casa.
Una mujer,viuda, sumamente humilde y de gran corazón. Los alimentaba, los criaba, los educaba, los cuidaba. Era su única ocupación. Se llama Estela.
Algunos niños estaban ahí porque sus padres no podían criarlos. Para nadie es un secreto que Kenya posee un alto índice de pobreza. Otros, estaban porque Estela los encontró en la calle.
Alejandra me decía que debía controlar mis emociones. Si sentía miedo o compasión no debía demostrar nada. Primero, para no transmitirle el sentimiento a los niños, y segundo, porque después no podría parar.
Primero pasaríamos por un mercado para comprarles algo. No podíamos llegar con las manos vacías. Tuve la idea de comprar galletas y caramelos, golosinas. Pero no, mi amiga me dijo que a ellos no les gustaban esas cosas. Claro, no suelen comerlas. Llevamos 3 paquetes de pan cuadrado blanco. Sí, al parecer adoraban el pan. Para ellos es manjar de dioses. Estaban acostumbrados a comer granos y vegetales con “ugali”, una masa cruda hecha con harina de maíz.
“Son niños que se vuelven locos con una coca-cola” ,me decía.
Ahí empecé a impactarme y a prepararme mentalmente.
“Te van a ver mucho, y todos van a querer agarrarte y tocarte, para ellos eres “rara”. Como no salen de la zona no acostumbran a ver gente de un color diferente. Muchos te van a repetir como locos “mzungu” que significa “blanquito” en kiswahili. Interactúa con ellos, háblales. “
Debo admitirlo, estaba nerviosa. No sabía qué me esperaba.
Luego de rodar aproximadamente una hora, llegamos a nuestro destino. El sitio donde estábamos era lo que sería el nuevo orfanato ya que los estaban sacando de donde vivían, que de todas maneras era un lugar terrible, me comentaba Alejandra.
Era un sitio a la orilla de una quebrada. Una comunidad sumamente pobre. Las pocas casitas que se veían tenían paredes de bloques y barro. El piso, era de tierra. Podías leer el rostro de la gente. Manifestaban cierto dolor, angustia. Nos miraban con extrañeza pero saludaban: “¡Mzungu! ¡Mzungu!” y agitaban sus manos en señal de bienvenida.
Llegamos al nuevo orfanato. Estela saludó con mucho aprecio a Alejandra. Derramó bendiciones sobre nosotras, estaba muy contenta.
El motivo de nuestra visita era colaborar con la compra de materiales para la construcción del nuevo orfanato. Una amiga de Alejandra llevaba tiempo estudiando y colaborando con el proyecto. La envió para hacer las compras y ver en qué podía ayudar. Como Alejandra es doctora, Estela aprovechó de hacerle consultas de los niños.
Mientras ellas hablaban, me alejé un poco para acercarme a los niños. Estaba impactada. Diversos sentimientos me invadieron.
No sabía si reírme porque los más pequeños me miraban con sus ojos totalmente abiertos y con una sonrisa extremadamente blanca. Me hablaban en esa lengua que nunca aprendí y quedé con ganas. Uno de ellos, tendría unos 3 años, rompió la barrera y se acercó. Me agarró de la mano y no paraba de hablar. Los demás se unieron. De pronto, sin darme cuenta, ¡tenía un niño en cada dedo!...
Cuando me olvidaba de ese cuadro y miraba alrededor, observaba la miseria. Estos niños jugaban entre el monte y el barro. Entre culebras e insectos. La mayoría, descalzos. Un balón roto, pelotas de plástico, unas cuerdas de saltar y su imaginación, era todo lo que tenían para pasar el rato. Juro que tenía ganas de llorar.
Fue muy fuerte. Dos años después, siento lo mismo al recordar y ver las fotos de esa experiencia. Quisiera poder hacer algo más.
Hice un nudo en el pecho y me desconecté de las emociones. Me puse a jugar con ellos. No entendía nada de lo que me decían, pero sea lo que sea, lo decían con una sonrisa en los labios, así que malo no debía ser. Peter también jugaba, y tomaba fotos.
Estela nos llamó para que conociéramos cómo iba la construcción del nuevo orfanato.
La habitación de mis padres, es más grande que eso. De nuevo, esa sensación en el pecho. Solo tenían las 4 paredes, el techo y una división para separar el cuarto de los niños y las niñas. Les había tocado dormir ahí 2 noches, pero salieron culebras y eso mortificó a los más pequeños.
Solo una cosa me viene a la cabeza en ese momento: ¿Qué tan terrible puede ser el sitio donde están viviendo ahora, que este cuarto con piso de tierra es mejor?


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