sábado, 12 de marzo de 2011

AMOR A TRAVÉS DE IMÁGENES


Si Minerva supiera la historia oculta, estaría feliz. Tantos años luego de nuestro encuentro en aquel café de París y aún no entiende la manera en la que expreso mi amor. A veces sueño con su sonrisa y eso me inspira. Ella es mi musa. Pero no lo entiende.

Llevamos 40 años de amores, aunque parecen más. La verdad es que no concibo mi vida sin ella. Una mujer guapa de carácter fuerte, intelectual, amante de las artes en cualquiera de sus formas, no fuma y solo toma vino blanco. Siempre despierta de mal humor pero luego del café es otra persona. Le gustan los animales pero odia el ronroneo de los gatos, dice que son quejidos perezosos de un animal misterioso. Adora comer pastel de nueces a media noche con Chopin como fondo musical; en fin, mi alma gemela. Cuando la conocí, no pude dejarla ir.

Transcurría la primavera y estaba en la ciudad del amor haciendo fotos para mi próxima exposición. Estaba sentado esperando a Eva quien era mi modelo para ese entonces. Y la vi llegar. Eva nos presentó y solo pude notar su cabello rojizo volar con el viento. Ni escuché su nombre en ese momento. Pero era toda una diosa. En ese instante la prima de Eva robó mi atención. Días después mi corazón. Y pensar que era una mujer alegre.

Todo mi trabajo después de ese encuentro se lo debo a ella. Nos casamos a los 6 meses y vivimos 2 años en París. Ella pasaba sus días en su compañía de ballet y yo encerrado en el ático de nuestra casa creando emociones a través de la pintura. Nos mudamos a Madrid debido a una lesión en su tobillo, ahí estaba el especialista. Mi musa no volvió a bailar. Recuerdo que trataba de complacer su amor por arte y la expresión corporal a través de mis obras, pero ella nunca lo apreciaba como yo esperaba.

No podíamos tener hijos, pero la convencí de adoptar. Una niña huérfana de 5 años le devolvió la sonrisa. Ambas salían a caminar por los predios del Museo del Prado durante horas mientras yo seguía construyendo mis obras. Durante varios años mis exposiciones se las dediqué a ellas. Toda emoción que me transmitían sus miradas, las plasmaba en los lienzos. Nunca dejé de admirarlas por las noches.

Cuando mi hija falleció a sus escasos 22 años en aquel accidente, sentía que mi mundo se deshacía lentamente. Minerva estaba devastada, y durante los 3 años siguientes no quiso salir de casa. Todo en la ciudad le recordaba a ella.

No podía dejar que su vida siguiera sin sentido. Hice que formara parte de mis obras más allá de ser mi inspiración. Siempre esperaba su opinión, sus consejos, sus críticas. Pero eso no la alegró. Por el contrario, la convirtió en una mujer fría. Decía que no veía nada en mis pinturas, que eran obras sin alma. Y siempre la pintaba a ella. A sus ojos. A su espíritu. Tal vez por eso siempre se molestaba cuando visitaba el taller, cada obra era el reflejo de lo que ella era y ya no es.

Nuestro matrimonio ya no era el mismo. Mi musa cambió la sonrisa y los cariños por peleas y reclamos. Decía que nunca la quise, que sólo quería ser famoso y tener una esposa guapa para aparentar felicidad con los críticos. Nada más lejos de la realidad. Si ella supiera que todas y cada una de mis obras le pertenecen. Que yo le pertenezco.

Intenté animarla un poco. A Minerva le gustaba aventurarse a probar cosas nuevas, en la juventud, claro. Decidí dejar los lienzos y tomar una cámara para tomar imágenes instantáneas de momentos que parecían simples pero siempre tenían una historia que contar. Recorrimos varias ciudades en busca de la imagen perfecta. Esa vez la exposición fue un éxito pero volvió a sentirse usada. No podía creer que todo lo que hacía, lo hacía por ella. Nunca veía el sentimiento implícito de cada toma. Nunca vio que las fotografías de personas riendo, eran para ella. Para recordarle lo que era la felicidad. Cuando preguntaba su opinión, volteaba la cara.

Ella sabía interpretar muy bien las imágenes, estudió para ello. Pero evitaba reconocer el mensaje.

Ya mi cuerpo no soporta horas sentado frente a un lienzo. Empecé a experimentar en el arte fotográfico. Ya no eran solo fotos, sino composiciones de ellas. Dejé de inspirarme en el amor hacia Minerva  y exterioricé mis lamentos. La amaba tanto que  nunca me atreví a enfrentarle y decirle lo que sentía para no atormentarla, ya tenía demasiadas cicatrices en su alma. Siempre me hice a un lado y soporté todo. Pero de alguna manera debía desahogarme.

Hace 6 meses decidí que sería mi última exposición. Siento que mi trabajo tiene su esencia, y ya ella no es feliz a mi lado. Decidí dejarla ir. Seguir inspirándome en ella  ya no tiene ningún sentido. Se llamó “Emociones del recuerdo”, 17 fotografías. Una por cada año que pasé con mi hija.

El día de la inauguración, Minerva estuvo ahí. Sólo el último cuadro llamó su atención. El único que no se trató de ella, sino de mí. Miró con detenimiento cada uno de los detalles: los juegos de sombras, el brillo, la luz. Luego de media hora en silencio, Minerva voltea y  dijo: Perdóname. Y lloró.

Ahora estamos en París,  sentados en el mismo café de hace 40 años. Un mes después de la inauguración de mi última exposición. Y ella no sabe qué decir. Si Minerva supiera la historia oculta de cada cuadro, estaría feliz.


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