Y pensar que la realidad es tan diferente a la historia que cada uno de ellos quería para sí mismo. Aprendieron que no todo sucede como uno quiere, pero hay que ser agradecido por lo que se tiene y apreciar cada cosa a nuestro alrededor, por simple que parezca.
A los 10 años Julio perdió la vista en un accidente con una sustancia tóxica que cayó en sus ojos. A pesar de ser un niño, aceptó su destino con madurez, se propuso seguir adelante y llegar hasta donde sus sueños se lo permitieran. La ceguera no era limitación.
Pasaba días sentado en el piano, tratando de aprender melodías de forma autodidacta. La música calmaba la ansiedad que le producía pensar en su soledad. Tener tal “peculiaridad” le hacía sentir que era una carga para sus padres y hermana; aunque era considerado un chico independiente, dada su condición, sabía que no podría vivir solo y que siempre necesitaría de alguien que le cuidase.
A sus diecisiete años compuso su primera melodía, se la dedicó a su hermana, quien era su mejor amiga y gran apoyo. Llegó a ganar el festival musical de la ciudad y nadie supo que era invidente. Ganó por su talento, no porque los jueces le tuviesen compasión. Eso lo animó y le dio confianza en sí mismo.
A los veinte años empezó a cantar en bares nocturnos con artistas amateurs de invitados. Ya tenía un nombre, ya era conocido.
Ahí fue donde Elena lo conoció. La sensibilidad de un músico puede conquistar muchas mujeres, pero a Elena realmente la embrujó. El hechizo ocurrió durante la interpretación de una pieza sin sentido, no era una canción con historia coherente. Al público le hacía reír las ocurrencias de la letra, a Elena le causaba curiosidad aquella mente astuta que la creó.
Ella venció su timidez y al finalizar el turno de Julio decidió hablarle y decirle lo fascinada que estaba. Él sonrió, le dio las gracias y se fue. Elena quedó helada en el sitio. “Creo que tu amigo tiene un problema de actitud”, comentó molesta al bartender del lugar y se fue avergonzada.
Dos meses después, Julio tropezó contra un muro en el jardín de su casa y se lastimó la pierna. Le enyesaron, y esta vez había que cuidarle con más atención así que su madre decidió contratar una enfermera.
-Tengo una amiga que pronto será enfermera, podría decirle, estoy segura que estará encantada. Comentó la hermana de Julio.
Elena pensó que sería un trabajo fácil, ayudar a un chico con una pierna enyesada no es la gran cosa. Dinero fácil. Mientras se acercaba a la casa de su amiga en su primer día de trabajo, escuchaba las notas melodiosas de un piano. Simplemente fascinante. Al entrar de inmediato le reconoce, y pierde la sonrisa de su rostro. Aquel chico pedante del bar que se dio el lujo de ignorarla. Debe ser una pesadilla.
-¡Elena! Qué bueno que aceptaste ayudar a mi hermano, ya verás que no es tan complicado.
-¡No puede ser que sea tu hermano el chico más prepotente que haya conocido en la vida!
-No te entiendo… ¿De qué hablas?
Elena le cuenta a su amiga aquel incidente incómodo en el bar.
-Tengo que decirte algo, a Julio no le gusta que los del bar sepan su condición para que su opinión sobre su música no se vea afectada por ella. Mi hermano es ciego.
Un baño de agua fría recorre el cuerpo de Elena... Durante meses estuvo juzgando al único chico que le había cautivado.
-Claro, ahora entiendo.
A él no le agradaba la idea de tener “niñera” pero sabía que la necesitaría. Así que se mostró amable y gentil. Después de todo, serían unos pocos meses, hasta que le quitaran el yeso.
El tiempo transcurría, Julio y Elena se hacían cada vez más unidos. Ella se convirtió en sus ojos, y él en su bastón. Ya no había yeso, ya no había dinero, ya no había niñera. Una historia de amor creció entre ambos.
Todos los viernes por la noche Elena lo acompañaba al bar de siempre. Tomaban una copa y se iban a sus casas. Pero aquel viernes fue diferente, él no se bajó del escenario al terminar el repertorio. Al finalizar la última canción, apagaron las luces y el público guardó silencio.
- No necesito verte para detallar tu alma. No necesito verte para saber que eres hermosa. No necesito verte para sentirme completo a tu lado. Habrá momentos difíciles y situaciones incómodas. Pero prometo tener siempre una canción para adornar tus noches. Prometo tener melodías que apacigüen tus días. Prometo tener caricias que alivien tus penas. Pero sobre todo, prometo amarte y cuidarte como si fueses parte de mí. Puedo vivir sin mis ojos, pero no puedo vivir sin tu presencia. ¿Elena, quieres casarte conmigo?
En tan solo un mes se preparó todo y se celebró la boda. Se mudaron a la misma calle de la casa de los padres de Julio. Lo tenían todo para ser felices. La música seguía siendo el motor de Julio, cada vez era más famoso. Pronto se iría a cantar a las ciudades vecinas para darse a conocer. Elena trabajaba en la clínica de la ciudad pero siempre tenía tiempo para acompañarlo en sus presentaciones.
Durante 7 años fueron solo dos. Las nauseas llegaron estando de viaje. Y con ellas la alegría de un integrante nuevo en la banda.
Las molestias del embarazo siempre son desconcertantes para la mujer, además de los altos y bajos hormonales hay cambios para los que no están preparadas. Elena tenía meses sintiendo ardor en los ojos, pero con el embarazo se intensificó la molestia. Con frecuencia tenía dolores de cabeza y sentía la “vista cansada”.
La familia de ambos estaba ansiosa por la llegada de la niña en dos meses. Discutían por el nombre, por a quién se parecería más, por el talento que ésta tendría. Elena estaba contenta, pero preocupada. Generalmente los síntomas de embarazo finalizan en el segundo trimestre. Pero ella se sentía peor.
Julio insistió en llevarla a un especialista. Dolores de cabeza frecuentes, ojos rojos y con ardor, vista borrosa, no son parte del embarazo.
Fue un golpe muy fuerte para ambos. El glaucoma no es cualquier enfermedad. Es la sentencia de muerte de uno de tus sentidos. No poder ver el desarrollo de su hija y describirlo para Julio es un hecho difícil de asimilar. Trató de sobreponerse para no afectar el resto del embarazo pero la depresión era evidente.
La niña nació en primavera, trayendo consigo pegamento para unir los pedazos de la alegría resquebrajada por el futuro incierto que les esperaba. Elena valoraba cada segundo que podía contemplar a su hija acostada en su regazo, describía el cuadro para Julio y ambos compartían la alegría de ser padres.
Tan solo había transcurrido un año, la enfermedad avanzó y los ojos de Elena apagaron su luz. Su fortaleza se desplomó. No comprendía cómo podría seguir en un mundo sin poder contemplar lo que estaba a su alrededor. Necesitaría ayuda para cuidar de su hija y esto le causaba vergüenza.
Un viernes por la noche Elena no quiso acompañar a Julio al bar y se quedó con su madre cuidando a su hija. Fue a su cuarto y estuvo encerrada por horas. Él llegó pasada la media noche, directo al cuarto de ambos con la necesidad de abrazarla. Al verla triste y desconsolada, solo pudo susurrar a su oído aquella estrofa de su canción favorita: “Tu me enseñas que, se puede querer lo que no ves…”.
-Ahora más que nunca, cumpliré mis promesas.
Se acostó a su lado, y la besó.
Canción: Lo que no ves (video)
Artista: Pol 3.14
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